Crónica
Al sonoro rugir
de Pink Floyd

Por Romeo LopCam

Una webcam instalada sobre uno de los edificios que rodea al Zócalo de la Ciudad de México indica que este está a tres cuartos de su capacidad. En las redes sociales se dice que llenándose el primer cuadro se cerrarán todos los accesos. Son casi las 6:00 de la tarde. Tomo un bolso, le meto un impermeable y me voy a ver a Roger Waters, lo que me costará la magnífica cantidad de diez pesos, si contamos los boletos de metro de ida y vuelta. Espero encontrar a algunas amigas y amigos, pero cuando veo la cantidad de gente que hay concluyo que eso será imposible. La plaza está a reventar.

Efectivamente, la policía ha empezado a cortar el acceso en algunas calles. Posteriormente varios «portazos» serían subidos a YouTube. Yo por mi parte entro caminando por 16 de Septiembre sin contratiempo alguno. El sol de la tarde está pegando. Camino hacia el lado más cercano a Palacio Nacional ya que por experiencias previas sé que es el que se queda más vacío durante este tipo de eventos. Mientras lo hago voy contando las torres de sonido, son 16. Hay también dos pantallas «gigantes» que se ven del tamaño de una TV, frente a la que se extiende a lo largo de todo el escenario.

Como puedo me voy abriendo paso hacia enfrente, llego hasta el asta bandera, más allá ya no se puede. No importa, la visibilidad es perfecta. Ni cuando he ido al Foro Sol he estado tan cerca de los músicos. Me siento en el piso y saco el Kindle para leer algo en tanto empieza el desmadre. No puedo, filas de gente pasan junto a mi por oleadas y me distraen. Guardo el aparato. Observo a mi alrededor y veo que hay dos jovencitos con cara de estudiante, una pareja «bien vestida» de aproximadamente 40 años, un grupito de siete «chavorrucos» (señores con actitud juvenil) que se pasan entre ellos un toque de mota, y una señora más o menos de la edad de mi madre acompañada por una robusta muchachita con lentes de fondo de botella que asumo es su nieta.

El tiempo se estira. Son apenas las 6:32, el concierto está programado para empezar a las 8:00. A mi alrededor la gente se organiza para ir por agua y otras chucherías. Uno de los «chavorrucos» se ofrece. «Apúntenle nomás que traigo, ahí me pagan a la vuelta», dice sonriente. Siempre que me encuentro en una situación de tediosa espera junto a un montón de gente pienso en el relato de Julio Cortázar, «La autopista del sur», en donde un embotellamiento que dura meses da pie al surgimiento de toda una serie de relaciones entre quienes lo padecen. Me imagino que los que están hasta adelante, que llegaron a apartar su lugar desde las 8:00 de la mañana, ya deben ser compadres y comadres entre sí. Seguramente trajeron comida y así como aquí a mi lado está corriendo la mota, allá adelante han corrido los sándwiches de atún y de jamón, las Coca Colas y las botanas. Me entra un poco de hambre. En esas estoy cuando afortunadamente vuelve el «chavorruco» con los encargos, le pago un agua y unos cacahuates. Miro el reloj y apenas han pasado 20 minutos.

Me paro y observo que no hay huecos a mi alrededor. El sol por fin deja de joder cuando se oculta tras los edificios al poniente. «Ya falta una hora», me dice el señor «bien vestido» que está atrás de mí. «Sí, ya es menos», balbuceo. Tanto a él como a su esposa les digo los «bien vestidos» no porque vayan ataviados como para un boda, sino porque aunque llevan pantalones de mezclilla, estos se muestran impecablemente planchados. Además, ambos traen una playera blanca tipo polo fajada, tenis marca Adidas, parece que se acaban de bañar y huelen a perfume. Probablemente son oficinistas. Salvo por la señora y su nieta, a su lado los demás somos unos rotos.

Pero si vamos a hablar de clases sociales es mejor levantar la vista hacia los balcones del Best Western Hotel Majestic y el Gran Hotel de la Ciudad de México; en donde para disfrutar del concierto se han ido a refugiar aquellos a los que no les gusta convivir con la plebe. También hay un par de chicas sentadas en el borde de una de las ventanas del último piso de Palacio Nacional. Me pregunto si no serán las pretenciosas hijas de Enrique Peña Nieto y Angélica Rivera pero luego me digo a mi mismo que ya que se espera que haya pronunciamientos políticos y rechiflas en contra de su padre esta noche, de estar su presencia no sería tan evidente. Quizá sean burócratas.

Hacia las 7:30 el cielo está prácticamente oscuro. Se empieza a sentir un aire de lluvia y surgen por doquier los vendedores de capas de plástico. Me pongo el impermeable. Se encienden los reflectores colocados sobre las torres de bocinas que pocos minutos después empiezan emitir el sonido de un océano. Sobre el escenario se dibuja el mar oscuro y un cielo estrellado de esos que a simple vista solo puedes percibir cuando andas hasta el culo de peyote. La gente grita, la que estaba sentada se incorpora y los murmullos poco a poco se aquietan. El sonido del océano tiene un efecto sedante en la multitud. A las 8:00 en punto los reflectores se apagan, la gente vuelve a gritar y en la pantalla una luna empieza a crecer hasta hacerse gigante.

El show ha comenzado

Roger Waters no es un gran cantante, ni tampoco un virtuoso en su instrumento. Su genialidad no reside en la interpretación. Es un excelente compositor y un tremendo director de escena, afecto a los montajes de tamaño colosal. Sospecho que es su alter ego Pink —el protagonista de The Wall—, instalado su faceta mas oscura, quien toma las riendas a la hora de concebir esos escenarios monumentales. Es la manera que tiene el artista comprometido con diversas causas de índole político y social, de tranquilizar al dictador megalomaniaco que no acaba de superar la temprana pérdida de su padre, la sobreprotección de su madre y su historial de fracasos sentimentales.

El setlist está compuesto en su mayor parte por canciones de los álbumes más representativos de Pink Floyd: Dark Side of the Moon, Wish You Were Here, Animals y The Wall. Roger volcó toda su creatividad en dicha banda desde 1964 hasta 1985, año en que intentó disolverla en contra del deseo de sus compañeros. Para bien o para mal, perdió la batalla en los tribunales y la cuestión de los derechos se sanjó con un acuerdo extra judicial. La lluvia se hace presente justo cuando empieza una de las pocas piezas de la noche que no pertenece a dichos trabajos, «Set the Controls for the Heart of the Sun», que se supone es la única de la extensa discografía de esta agrupación británica que contiene aportes de sus cinco miembros oficiales: Roger Waters, Nick Mason, David Gilmour, Syd Barrett (†) y Richard Wright (†).

El agua no hace mella en el ánimo. Fluyen los acordes de clásicos como «Breathe», «On These Days», «Time», «The Great Gig in the Sky» y «Money». Mucha gente se sabe las letras y la que no se las inventa en un idioma que intenta parecerse al inglés. Los músicos y las coristas no decepcionan, suenan y saben a Pink Floyd, son intérpretes de primer orden y Waters los ha acoplado de manera perfecta. Vuelve a la pantalla el cielo estrellado y llega el momento de pedirle a nuestras respectivas nostalgias que sigan brillando como un diamante loco, «Shine On You Crazy Diamond» se enlaza con los psicodélicos sintetizadores de «Welcome to the Machine» y «Have a Cigar». Entonces el sonido de una vieja radio cambiando de emisoras nos arranca un alarido, pues es hora de añorar a los que se han ido con «Wish You Were Here».

Ha dejado de llover. Estamos justo a la mitad del espectáculo. Hasta ahora los visuales proyectados han sido, en cierta medida, discretos. Pero eso está por cambiar. Mientras se escucha el sonido de una sirena industrial aparecen cuatro grandes chimeneas, dos a cada extremo, al tiempo que se dibuja la fachada de la Battersea Power Station, la vieja central termoeléctrica que sale en la cubierta de Animals. Y así la banda se arranca a interpretar uno tras otro, la mayoría de los temas incluidos en dicho álbum: «Pigs on the Wing», «Dogs» y «Pigs (Three Different Ones)». El clímax llega durante este último, cuando diversas estampas de Donald Trump desfilan al ritmo de una letra que le va como anillo al dedo: «Big man, pig man, ha ha, charade you are».

El público enloquece. Yo por mi parte me quedo pensando en algunos reclamos que surgieron en la redes sociales a raíz de las dos presentaciones previas de esta gira de Roger Waters, allá en el Foro Sol. En ellos se señalaba que justo en esta parte el británico pretende ridiculizar a un personaje ciertamente abyecto y deleznable, partiendo de una posición homófoba, misógina y machista; pues se le añaden atributos tradicionalmente asociados a lo femenino como el maquillaje o los senos, como si estos fueran algo risible per se. Concluyo que tienen razón, los «insultos» a Trump en los visuales son torpes y están a la altura de frases como «vieja el último» o «pegas como niña». Aunque claro, a nadie a más a mi alrededor parece importarle.

Por otro lado, el hecho de que sea también en este número cuando sacan a pasear a Algie, el icónico cerdo volador de Pink Floyd, con el cuerpo lleno de consignas como «nadie el ilegal», «43 nos faltan y miles más», «fue el Estado» o «vivos los queremos»; me entusiasma. Siempre me ha parecido un buen gesto que los artistas aprovechen el escenario para poner el acento en temas relevantes. Quien ha seguido su trayectoria sabe que en las presentaciones de Roger Waters esto no es inusual. Quedaba sin embargo la duda sobre si en esta visita se atrevería a abordar la desastrosa situación de los derechos humanos en México, más allá de tildar de pendejo a Donald Trump, o de criticar la ocupación israelí en Palestina. Y vaya que lo hizo.

Tras «The Happiest Days of Our Lives» y «Another Brick in the Wall (Part 2)», las críticas hacia Enrique Peña Nieto se vuelven cada vez más frontales. Niños y niñas de las organizaciones Barrio Activo A. C. y Marabunta salen al escenario a hacer los coros del ya clásico himno contra la domesticación de las voluntades, portando playeras negras con la leyenda «derriba el muro». Hacia el final de su participación ocho de ellos se las levantan para mostrar otras con una sola letra impresa, que al juntarse forman la palabra «renuncia», lo que pocos minutos después es reiterado en la pantalla cuando al compás de «Mother» se enfatiza: «renuncia ya». El público responde gritando una y otra vez: «asesino», «culero» y «fuera Peña».

El concierto entra en su recta final con «Brain Damage» y «Eclipse», cerrando como empezamos, con el mítico álbum Dark Side of the Moon. El prisma refractando la luz que se muestra en la portada del mismo es emulado a través de una serie de láseres que hacen rugir a la multitud. El show está por terminar. Los músicos dejan sus instrumentos y pasan al frente para hacer una reverencia. El público aplaude y les pide otra canción. Será «Confortably Numb» la que concluya la noche en medio de fuegos artificiales. Pero antes Roger Waters saca una anunciada carta dirigida al presidente de México, en donde le reclama por su incapacidad y su indolencia.

La empatía como necesidad

Caminando hacia el metro Bellas Artes pienso que aunque la misiva había sido leída en las dos fechas previas de esta gira, el impacto que causó su lectura en el Zócalo de la Ciudad de México fue mucho mayor. Más de 200 mil personas concentradas en la plaza más emblemática del país, secundaron los dichos del músico británico. Las expresiones de repudio hacia el presidente fueron atronadoras. Y aunque para muchos y muchas tal vez no fue nada nuevo, para otros quizá fue su primera protesta política. A mi alrededor pude observar unas cuantas caras de asombro e incredulidad.

Aunque lo cierto es que tomadas en su justa dimensión, la palabras de Roger Waters no fueron especialmente reveladoras. El hecho de que muchos periodistas las hayan calificado de «muy duras», más bien indica que nuestra prensa está llena de actitudes pusilánimes. El señor no fue nada radical cuando señaló que Enrique Peña Nieto nos ha hundido en el desastre, sino solamente un poco empático. Y eso es algo que deberíamos esperar de cualquier persona con algo sensibilidad ante el dolor ajeno, sea o no una estrella de rock. Porque la capacidad de sentir indignación y ser solidarios es una necesidad, si queremos que el mundo deje de irse a la mierda.

Reflexiono sobre esto hasta que llego a la entrada del metro, que se encuentra bloqueada por gente cansada pero satisfecha. Como vivo relativamente cerca, decido irme a pie. Hacía mucho que una noche en la ciudad no me parecía bella, esta lo es. Son casi las 11:00. Mañana es 2 de octubre y se cumplen 48 años de la matanza de estudiantes en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, tragedia que marcó el inicio de una etapa de nuestra historia especialmente siniestra. Camino y me invade la saudade, esa suerte de alegría triste, o tristeza alegre, que descubrieron los portugueses. Decido que antes de dormir tal vez me haga falta una cerveza.


Publicado el 11 de octubre de 2016.
Con fotografías de Santiago Arau Pontones. ©