Crítica
Tierra de cárteles:
una mirada miope hacia
la realidad michoacana

Por Romeo LopCam

Varios críticos han dicho que Tierra de cárteles de Matthew Heineman es un buen documental, «esencial para entender lo que ha pasado en Michoacán en los últimos años». Exageran, en el filme apenas y se muestra un fragmento de dicha realidad, cosa que es obviada en todo momento por su director. No hay contexto ni perspectiva histórica, tan solo una secuencia de escenas efectistas que consiguen atrapar la atención del espectador gracias a su amarillismo. La investigación resulta escasa. Y su narrativa carente de profundidad y de análisis, está llena de huecos.

La historia que en él se nos cuenta se ciñe a lo que sucedió en la región de Tierra Caliente —olvidando tanto la Meseta P'urhépecha como la región Costa-Sierra—, centrándose en la carismática figura del doctor José Manuel Mireles Valverde, un hombre que si bien ha jugado un papel destacado en el levantamiento michoacano en contra del crimen organizado, no lo representa en su totalidad. Y aquí hay que decir que dada su complejidad, ningún individuo podría hacerlo.

El doctor Mireles es un personaje trágico, lleno de claroscuros. Virtudes no le faltan. Valiente, con un don de palabra notable, leal con su pueblo, nunca se dejó convencer por los cantos de sirena con los que los representantes del gobierno federal consiguieron subordinar a otros miembros de las autodefensas. Por ello hoy día sigue preso, padeciendo las secuelas de una diabetes mal controlada en una prisión federal.

Sin embargo posee también varios defectos. El machismo es uno de ellos. Como se aprecia en el documental, no ha dudado en aprovechar su posición para seducir a una jovencita menor de edad. En modo alguno le incomoda parecer un caudillo, le gustan demasiado los reflectores y las cámaras. Y en muchas ocasiones su discurso ha sido ambiguo, ya que dependiendo del interlocutor, un día bien puede llamar a la insurrección nacional, mientras que en otro agradece la colaboración de la policía y el ejército.

Y aunque es muy cierto que en un principio las autodefensas crecieron gracias a su elocuencia, a la larga su protagonismo se convirtió en un lastre. Prueba de ello es que periodistas y cineastas perezosos como Matthew Heineman lo han utilizado como pretexto fácil para no documentar lo que muchas personas honestas de Michoacán siguen haciendo hasta el día de hoy, que es mantener a sus pueblos libres de criminales, organizadas de manera colectiva y con las armas en la mano. Como ejemplos destacados vale nombrar a las comunidades indígenas de Santa María Ostula y Cherán.

Por lo que sí se han preocupado estos es por señalar y magnificar las desavenencias internas y las traiciones, con el objetivo de fortalecer un discurso conformista y desencantado que medios y plumas afines al statu quo suelen poner en circulación cada que tiene lugar una revuelta. En él se afirma que organizarse para luchar contra las condiciones que te oprimen no vale la pena. Por ejemplo en Tierra de cárteles se pone el acento en el fenómeno de los «arrepentidos» o «perdonados», criminales que se infiltraron en el movimiento para impedir su unidad, cosa que en buena medida lograron.

Muy limitadamente se aborda en cambio, que esto fue alentado por el gobierno federal a través los oficios del comisionado Alfredo Castillo y la que muchos identifican como su mano derecha, una mujer de origen cubano cuyo nombre es María Imilse Arrué Hernández. Y aunque ésta aparece brevemente a cuadro —junto a Estanislao Beltrán alias Papá pitufo—, no se dice nunca que ella fue una pieza fundamental en la conformación de la Fuerza Rural, en donde se regularizó a buena parte de estos delincuentes supuestamente reformados.

De hecho la labor contrainsurgente de los funcionarios federales pasa a un segundo plano. Así como el papel desempeñado por el Cártel de los Caballeros Templarios. Llama la atención que un hombre tan afecto a dar declaraciones a medios extranjeros y a lanzar mensajes a través de YouTube como Servando Gómez Martínez alias La Tuta, no haya despertado la curiosidad del cineasta. Y también que no se hable de los vínculos comprobados que tenía su organización con varios políticos del estado, empezando por el hijo del entonces gobernador con licencia, Fausto Vallejo.

Por si fuera poco, el valor estratégico de los territorios que conforman Michoacán no se menciona por ningún lado. Nada hay en el filme sobre la presencia de grandes mineras en comunidades como Aquila, en donde fueron apresados 45 guardias comunitarios cuando el levantamiento tenía unos meses. Ni tampoco hay alusión alguna a la corrupción en el puerto de Lázaro Cárdenas, el más importante del Pacífico y por donde entra y sale una cantidad importante de contrabando. Al doctor Mireles lo detuvieron, junto con un grupo de sus compañeros, precisamente cuando intentó liberarlo.

Por dolo o por ineptitud, la mirada de Matthew Heineman hacia el levantamiento en contra del crimen organizado en Michoacán resulta sumamente miope y sus conclusiones pecan de elementales. Demasiadas omisiones para una obra que supuestamente presenta la verdad cruda y desnuda. Lo que en realidad hace es simplificarla al confundir la parte con el todo, reforzando una percepción derrotista sobre los intentos de la gente honesta dirigidos a combatir a la barbarie. La manipulación de los hechos que en ella se observa no está tanto en lo que dice, sino en lo que calla.

Finalmente, el intento de contrapuntear la historia de este lado de la frontera con la de los fascistas gringos que combaten contra fantasmas en Arizona, resultaría gracioso de no ser porque se termina haciéndoles publicidad. Para muchos es evidente lo ridículo de sus argumentos, pero recordemos que personajes como Donald Trump están obteniendo un amplio apoyo entre los norteamericanos por decir cosas igual de estúpidas. Compararlos con personas que legítimamente se han querido sacudir a los criminales, sin someter sus premisas a un análisis exhaustivo, de algún modo los enaltece.

Por supuesto hacen falta miradas críticas hacia los movimientos sociales, ya sean estos pacíficos o armados, que exploren tanto sus virtudes como sus defectos. Sin embargo el acercamiento hacia los mismos debe hacerse desde una perspectiva que ayude a entender sus dinámicas. Retratar a unos cuantos de sus actores para de ahí sacar conclusiones generales es a todas luces un error. No considerar el entorno económico, político, geográfico e histórico ni se diga. Tierra de cárteles cae en todo ello. Busca entretener e impactar y lo consigue, pero al final, no explica nada.


Publicado en: SubVersiones, el 24 de agosto de 2015.