Música, Jazz
Miles Davis,
entre Jack Johnson
y Sugar Ray Robinson

Por Romeo LopCam

Entre los meses de febrero y junio de 1970, Miles Davis acudió en siete ocasiones al estudio de grabación, haciéndose acompañar por músicos como Jack DeJohnette, David Holland, Chick Corea, Bennie Maupin, Sonny Sharrock, Lenny White, Wayne Shorter, Keith Jarrett, Airto Moreira, Gene Perla, Steve Grossman, John McLaughlin, Michael Henderson, Herbie Hancock y Billy Cobham. El objetivo era grabar la banda sonora de un documental dirigido por Bill Cayton, sobre la vida del Jack Johnson, primer boxeador negro en alcanzar el título de campeón mundial de los pesos pesados.

Jack Johnson era un tipo abiertamente escandaloso y provocador, que se crecía ante los insultos que le lanzaban los racistas de su época. Solía contestar dichas diatribas, dibujando una sonrisa amplia e irónica en esa cara de niño tan suya, que contrastaba fuertemente con su macizo cuerpo de titán. Para que se den una idea de su temple, cuentan las crónicas que cuando le arrebató el campeonato mundial al canadiense Tommy Burns, el 26 de diciembre de 1908, Johnson lo sujetaba con su cuerpo cada que éste iba a caer a la lona, con el objeto de seguir golpeándolo frente a un público que le demostraba su hostilidad llamándole «clown» o «nigga».

Miles Davis quiso emular toda esa fuerza en su homenaje, tomando elementos del funk y el rock, en una serie de improvisaciones que acabarían por alimentar al disco A Tribute To Jack Johnson, lanzado en 1971. Teo Macero editó y arregló la mezcla final que incluye sólo dos largos tracks, formados en su mayor parte con el material grabado durante la sesión del 7 de abril de 1970, en la que participaron John McLaughlin, Michael Henderson, Steve Grossman, Billy Cobham y Herbie Hancock.

La intervención de este último no estaba programada, él simplemente pasaba por ahí, cargando una bolsa de comestibles mientras se dirigía al estudio adyacente, cuando escuchó la música y se asomó por el cristal. Entonces Miles le señaló un viejo órgano Farfisa, que ni tardo ni perezoso empezó a pulsar, obteniendo un resultado por demás afortunado.

Dos riffs tomados de las canciones «Sing a Simple Song» de Sly and the Family Stone’s y «Say It Loud – I’m Black and I’m Proud» de James Brown, les sirvieron como base aquella tarde. La intención de Davis era evocar el sonido de una locomotora acercándose, grande, imponente, e imparable; que era como se imaginaba que veían sus rivales Jack Johnson cuando éste se abalanzaba sobre ellos con toda su humanidad. Aunque escuchándolo, también podemos pensar en el juego de piernas de un boxeador que espera pacientemente a que su oponente cometa un error, para poder asestarle un golpe demoledor.

En el documental Miles Electric: A Different Kind Of Blue, músicos como Carlos Santana y Dave Liebman coinciden en definir el estilo de Miles Davis como algo muy cercano a lo pugilístico. «En la música de Miles la última nota lo es todo, es como dar jab, jab, jab y luego el golpe final», dice el primero. Mientras que Liebman afirma: «Hay una conexión entre el boxeo y su forma de tocar. […] Es la velocidad, el ritmo, la capacidad de reacción, las fintas, los movimientos, las combinaciones, porque el boxeo es un arte. Era algo que Miles era capaz de ver. Encajaba con su música».

El propio Miles Davis llegó a decir en varias entrevistas que encontró el valor para sobreponerse a su adicción a la heroína —tan bella y destructiva— en 1954, inspirándose en la disciplina mostrada por el inigualable campeón Sugar Ray Robinson, lo que dio pie a que se desarrollara uno de los periodos más brillantes de toda su carrera. El mítico álbum Kind Of Blue, lanzado en 1959, es una de las perlas cultivadas durante esta etapa.

Coincidencia o no, los años más «limpios» de su vida pública, se enmarcan entre la influencia de dos grandes pugilistas, Ray Robinson y Johnson. Durante éstos, él mismo acudió de manera regular a un par de gimnasios, para entrenarse bajo la tutela de Bobby McQuillen. Chick Corea comentó alguna vez que cuando comenzó a trabajar con él, hacia finales de los sesenta, lo veía «totalmente limpio, haciendo ejercicio en el gimnasio, luciendo muy bien físicamente y viviendo la vida de un obsesionado de la salud».

Su severa recaída con sustancias como el alcohol y la cocaína, o fármacos como Percodán y el Seconal, es posterior a 1972, luego de que en dicho año sufrió un accidente automovilístico mientras manejaba uno de sus Ferrari. Esto derivó en una serie de complicaciones médicas e intervenciones quirúrgicas, que aunadas a la mala recepción de algunos de sus trabajos y la falta de inspiración, lo fueron hundiendo en una severa depresión de la que no pudo salir sino hasta principios de los años ochenta.

Pero antes de eso Miles Davis estuvo entero, revolucionando el mundo de jazz durante dos décadas, con álbumes como Birth of the Cool, el ya mencionado Kind of Blue, o el que abre la etapa eléctrica en la que se desarrolla el tributo a Jack Johnson, Bitches Brew. Basta escuchar esos tres momentos de su trayectoria para entender que nunca se durmió en sus laureles ni se instaló en el conformismo, pues siempre estuvo tirando para adelante, explorando nuevos sonidos y mandando a la mierda a los críticos que le exigían mantenerse en un estilo. Hay que tener esto último en mente cuando nos preguntemos ¿porqué una figura como la de Jack Johnson le resultaba tan afín?

En 2005, para disgusto de Teo Macero, Sony Legacy lanzó una caja con cinco discos compactos, titulada The Complete Jack Johnson Sessions, que incluyen grabaciones de las siete sesiones mencionadas. «Creo que es un montón de mierda y puedes citarme», declaró el veterano productor a The Guardian. Me permito discrepar. Es evidente que durante gran parte de los tracks Miles y compañía están «entrenado», pero vamos, se trata del entrenamiento no de uno, sino de varios pesos pesados del jazz, lidereado por el que a juicio de muchos, ha sido el mejor de todos los tiempos.


Publicado en: Yaconic, el 17 de septiembre de 2014.