Misoginia y depresión en David Foster Wallace

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Nacido en 1962, David Foster Wallace fue una de las mentes más privilegiadas, a la vez que atormentadas de su generación. Retratista mordaz de la sociedad norteamericana, su literatura me hace pensar en los collages de Winston Smith, varios de ellos muy reconocidos por haber servido para ilustrar algunos de los álbumes de los Dead Kennedys. Lúcida, muy crítica y con un gran sentido del absurdo, la obra de este hombre caucásico, bien alimentado, proveniente de una familia de clase media cultivada, residente en Illinois; destaca por su brutal honestidad y nula condescendencia hacia el estilo de vida americano, del cual sin embargo es plena heredera.

Obsesivo, cuidadoso y pulcro en su escritura, su trabajo revela no obstante, una fascinación por lo sucio. Hay en él una intención deliberada de exponer los espacios más contaminados de una sociedad que se considera próspera y ejemplar. Y un afán por descubrir los rincones ocultos detrás de toda esa asepsia. La mirada de Foster Wallace a ratos se asemeja a esos programas que muestran la microscópica fauna salvaje que lucha ferozmente por sobrevivir entre las partículas de polvo de la alfombra. Sólo que las diminutas bestias que él describe no viven y se reproducen en el entorno, sino en el interior de sus protagonistas, en forma de prejuicios y creencias.

La misoginia, el terror al fracaso, la enajenación, la desconexión entre las personas, la falta de comunicación, el aislamiento, la depresión y la apabullante presencia de lo banal; son algunos de los temas que este autor abordó de manera recurrente durante toda su vida —quizá porque él mismo los padeció— hasta que decidió no continuarla un 12 de septiembre de 2008, cuando contaba con apenas 46 años de edad. Cáustico observador de su tiempo, Foster Wallace supo exponer de manera brillante y divertida —en todas sus novelas, ensayos y relatos— las contradicciones y paradojas que se suscitan en una sociedad entregada a la búsqueda del éxito y la felicidad.

De sus tres libros de cuentos, Entrevistas breves con hombres repulsivos destaca por ser una muestra fehaciente de lo aquí expuesto. Entre lo más sobresaliente del mismo se encuentra la serie de historias que le dan nombre, en las que se destripa el sentir y las opiniones de un conjunto de hombres repugnantemente normales, haciendo gala de un humor que se regodea en lo grotesco. Así como el agobiante relato «La persona deprimida», excelente pieza de literatura norteamericana en la que se hace un descenso al mar de inseguridades y temores que martirizan a una mujer deseosa de ser reconocida y querida por sus semejantes.

Mención especial se merecen también: «En lo alto para siempre», que pinta de manera magistral el asenso de un niño hacia la pubertad, con todo el vértigo que ello implica; el hilarante «Sin ningún significado», en el que un joven recuerda de buenas a primeras que cuando era niño, su padre se sacó la picha frente a su cara para meneársela sin motivo aparente; y los tremendos «En su lecho de muerte, cogiéndote la mano, el padre del nuevo dramaturgo joven y alternativo pide un favor» y «El suicidio como una especie de regalo», en los que un padre y una madre, respectivamente, hablan sobre el odio que les provocan sus hijos desde que éstos eran unos críos.

Muchos críticos han señalado las características más «experimentales» de la literatura de Foster Wallace: su afición a aclarar y extender sus textos mediante extensas notas al pié; o sus juegos metaficcionales, fruto de su gusto por autores posmodernos como Robert Coover o Thomas Pynchon. Sin duda estos elementos están muy presentes en toda su obra, sin embargo a veces creo que su abuso distrae al lector de las deslumbrantes reflexiones que producía su perspicaz inteligencia. Entrevistas breves con hombres repulsivos no es la excepción. Ahí está «Tri-Stan: He vendido a Sissee Nar a Ecko» como muestra de cuando la forma se come al fondo.

Pero mejor sean ustedes quienes juzguen si mi apreciación es correcta, leyéndole. De cualquier forma, David Foster Wallace fue uno de los grandes pensadores de nuestro tiempo y resulta imposible no sacar algún provecho de sus escritos. Su gran capacidad de discernimiento, su implacable sentido del humor, su fino sentido de la ironía y su sinceridad, son cualidades que rara vez se conjugan en una sola pluma. Es triste y revelador pensar que toda esa clarividencia no le sirvió para derrotar al demonio de la melancolía. Inexorablemente los rastros de esa batalla, quedaron en sus textos.


Publicado en Yaconic, el 16 de abril de 2015.